
El segundo cuadro es la Venus del espejo, pintado hacia 1650 y actualmente en Londres. Por aquel tiempo, se sabe que Velázquez tenía una amante en Roma, Marta viuda del Trastévere; y de las amantes de Felipe IV, su rey, se conocen sobre todo sus andanzas con “La Calderona” actriz de teatro con quien el rey tuvo al menos un hijo en 1629, Juan J. De Austria a quien reconoció y crió en la Corte, estando entonces casado con su primera mujer Doña Isabel de Borbón.
Este cuadro, fue el primer desnudo de mujer pintado por un pintor español, posiblemente porque la corte española era la más mojigata de Europa, y la amenaza de la inquisición era aquí mayor. Esto mismo debió pensar Buero Vallejo al incluir esta trama inquisidora contra Velázquez, en su obra de teatro “Las Meninas”. Así por ejemplo, cien años antes había pintado Miguel Ángel la Capilla Sixtina, con todos sus desnudos de escenas bíblicas, incluyendo entre ellos el culo de Dios. Y en la pintura flamenca, Rubens coetáneo de Velázquez, fue muy prolífico en pintar cuadros con desnudos femeninos en historias mitológicas.
Esta Venus Afrodita, con cupido desanudado, que se dice que simboliza que el amor se ha consumado, es la continuación de la historia, Venus acaba de acostarse con el dios Marte y de ponerle los cuernos al dios Vulcano.
Posiblemente, también quiso contar Velázquez, este momento supremo de la belleza de la mujer después de hacer el amor. Pintó una mujer de espaldas, quizás no por recato, sino porque él también pensó que es una postura mucho más sensual y atractiva. La pintó de espaldas pero totalmente desinhibida, sin ninguna intención de cubrirse nada y contemplándose al espejo porque se ve más guapa que nunca;. La pintó en primer término, con una piel cálida y sonrosada, sin dejar ningún espacio entre ella y el espectador. Tampoco dejó espacio detrás. Lo importante es ella. Pintó de derecha a izquierda, parece que lo natural es la cabeza a la izquierda y los pies a la derecha. Pintó una armonía de curvas y sinuosidades incitantes, desde su cuello hasta su tobillo. Pintó unas formas modernas, sin las musculaturas de Miguel Ángel ni las voluptuosidades celulíticas de Rubens. Con caderas y con cintura. Pintó en el centro de cuadro el culo, nítido, redondo, asandiado, prieto, perfecto. Después se va la mirada por la curva insinuante de la columna vertebral, hasta los hombros y el cuello. Y ocurre también, que así como el culo está pintado nítido, perfectamente enfocado, a medida que se va hacia los extremos del cuadro, D. Diego lo desenfoca. Pinta borrosa la cabeza, el pie, y a Cupido como si de una instantánea fotográfica se tratara.
Posiblemente en este cuadro quiso también Velázquez pintar a una diosa, a una mujer, en ese momento supremo de después de hacer bien el amor.
Este cuadro, fue el primer desnudo de mujer pintado por un pintor español, posiblemente porque la corte española era la más mojigata de Europa, y la amenaza de la inquisición era aquí mayor. Esto mismo debió pensar Buero Vallejo al incluir esta trama inquisidora contra Velázquez, en su obra de teatro “Las Meninas”. Así por ejemplo, cien años antes había pintado Miguel Ángel la Capilla Sixtina, con todos sus desnudos de escenas bíblicas, incluyendo entre ellos el culo de Dios. Y en la pintura flamenca, Rubens coetáneo de Velázquez, fue muy prolífico en pintar cuadros con desnudos femeninos en historias mitológicas.
Esta Venus Afrodita, con cupido desanudado, que se dice que simboliza que el amor se ha consumado, es la continuación de la historia, Venus acaba de acostarse con el dios Marte y de ponerle los cuernos al dios Vulcano.
Posiblemente, también quiso contar Velázquez, este momento supremo de la belleza de la mujer después de hacer el amor. Pintó una mujer de espaldas, quizás no por recato, sino porque él también pensó que es una postura mucho más sensual y atractiva. La pintó de espaldas pero totalmente desinhibida, sin ninguna intención de cubrirse nada y contemplándose al espejo porque se ve más guapa que nunca;. La pintó en primer término, con una piel cálida y sonrosada, sin dejar ningún espacio entre ella y el espectador. Tampoco dejó espacio detrás. Lo importante es ella. Pintó de derecha a izquierda, parece que lo natural es la cabeza a la izquierda y los pies a la derecha. Pintó una armonía de curvas y sinuosidades incitantes, desde su cuello hasta su tobillo. Pintó unas formas modernas, sin las musculaturas de Miguel Ángel ni las voluptuosidades celulíticas de Rubens. Con caderas y con cintura. Pintó en el centro de cuadro el culo, nítido, redondo, asandiado, prieto, perfecto. Después se va la mirada por la curva insinuante de la columna vertebral, hasta los hombros y el cuello. Y ocurre también, que así como el culo está pintado nítido, perfectamente enfocado, a medida que se va hacia los extremos del cuadro, D. Diego lo desenfoca. Pinta borrosa la cabeza, el pie, y a Cupido como si de una instantánea fotográfica se tratara.
Posiblemente en este cuadro quiso también Velázquez pintar a una diosa, a una mujer, en ese momento supremo de después de hacer bien el amor.
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