Puede ser que Velázquez, con los tres cuadros a que me voy a referir, quisiera contar algo más de lo que se ha dicho. Son como tres viñetas diferentes de una misma historia, de una misma idea.
El primer cuadro es La fragua de Vulcano, pintado hacia el 1630. Sabido es que Velázquez cuenta que en la fragua del dios del fuego, que la sitúa en una herrería, Apolo, el dios de la luz, le comunica al herrero que su esposa Venus, está en la cama con el dios Marte, dios de la guerra, que es precisamente su hermano y además para él está haciendo la armadura.
Aparte de la excelente composición de las seis figuras humanas dentro de la herrería, de su luz, de sus torsos, de sus musculaturas y de su piel; aparte de todos los aspectos pictóricos, quiso Velázquez también destacar la sorpresa, el asombro y la indignación de Vulcano, abriéndole exageradamente los ojos. Expresión que hasta entonces creo que no fue pintada.
Y también, como si una instantánea fotográfica fuera, los cinco ayudantes del herrero, han parado de hacer lo que hacían, y miran y escuchan atentamente a Apolo. Porque se les ve que están escuchando lo que Apolo está desvelando. Y el que está enfrente de Apolo, que parece el más joven, es el más sorprendido de los ayudantes. A lo mejor los otros algo sabían, pues como suele suceder en estos casos, el último en enterarse es el engañado. Sin embargo, este joven se ve que nada sabía, pues también se ha quedado muy sorprendido, boquiabierto, con los ojos de par en par y las cejas levantadas. Quizás también esto quiso contar Velázquez en este cuadro.
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